jueves, 23 de octubre de 2008

The loneliness ot the long distance runner

Antes de ayer (antié, que se dice por aquí) hizo nueve meses, se podría decir que he parido, o mas propiamente que me he parido. En realidad continúo en pleno proceso de parirme y recrearme, algo que inicié hace nueve meses y del que dejar el tabaco ha sido tan solo un síntoma, quizás el primer indicio, o, quien sabe, la última gota, el paso definitivo, la piedra clave.

El caso es que inicié un proceso que tendría revueltas tortuosas -como cierta ligera depresión coherente a la crisis de la mediana edad- altibajos laborales y personales y el descubrimiento de cierta adicción a un grupo de substancias bastante peliagudas asociadas, o cuando menos en comandita con cierto estado emocional bastante coñazo.

Encaminándome ya hacia el año sin tabaco -que coincide con el año de carreras- empiezo a mirar hacia atrás con calma (y me atrevo a mirarme de perfil en el espejo). De cuando en cuando me cruzo conmigo mismo, ya sea en mi o en otros, y me comparo, me venzo, me derroto...

Me asiento en mi fundamentalismo antitabaco, comienzo a ser un pesado antinicotina, he empezado a evitar la carne roja, el alcohol destilado y la grasa.

Dos días sin rodar son una tortura y hasta que no llevo quince minutos de marcha no me siento a gusto, no pillo lesiones de importancia, mis pies están relativamente bien, me encantan mis piernas y dentro de poco, de seguir este ritmo, habré bajado dos tallas, desde la 44 (que me estaba ajustada, por no decir estrecha) hasta la 42 (que según la marca no me entra, me ajusta o me queda holgada).

Esta es la última vez que hablo de tallas, de espejos y perfiles, de curvas y rectas.